martes, 21 de febrero de 2012

El converso de Adriana N. Funes

Otro cuento que esta vez nos llega desde la otra orilla del charco. Que disfruten.             

“Converso: Dicho de un musulmán o de un judío:
Convertido al cristianismo”
 (Real Academia Española)
La asunción del pontificado por parte de Marcello Cervini había causado gran revuelo en el Vaticano.  No simplemente por ir contra la voluntad del emperador, sino porque nunca antes se había intentado beatificar a un converso, cosa que pretendía llevar a cabo el nuevo pontífice.  De entrada, estaba claro que el Papa Marcello II (1555) no temía las innovaciones en la Iglesia.
Hombre de gran cultura, mucho antes de ser nombrado Papa conoció la historia de Justo León Alegre (o Adel Abbas Bishir, según su nombre original).  Adel había nacido en Granada en el seno de una familia musulmana, en 1450.  Fue un ferviente devoto musulmán que cumplía con todas las oraciones prescritas por el Corán, además de ser un hombre generoso y sabio, por lo que era considerado casi un santo entre sus pares.  Incluso algunos musulmanes creían entonces que si Granada era aún el último bastión musulmán se debía a que ese santo varón vivía allí.
Sin embargo, cuando Granada es reconquistada por los españoles, el musulmán Bishir fue uno de los primeros prisioneros, aunque las tropas cristianas evitaron su ejecución por el renombre del que gozaba en el lugar, donde se le atribuían algunas curaciones de enfermos sin esperanza.  El musulmán aceptó su destino sin resistencia, pero su devoción sufrió un revés inesperado cuando se le sugirió que se convirtiera al catolicismo.  El hombre se negó de pleno, hasta que los nuevos conquistadores amenazaron con exiliar a toda su familia.  Se vio en un dilema que tuvo que resolver de la mejor forma que pudo: aceptó convertirse al cristianismo, aceptó el bautismo y todos los rituales correspondientes a esa religión.
Su familia fue salvada y a él lo liberaron, pero en secreto continuó haciendo las cinco oraciones diarias que prescribe el Corán, aunque también oía misa los domingos.  Los pocos que sabían de esta doble fe callaron: los cristianos creyeron que lo hacía para complacer a los musulmanes, y estos a la inversa.
El tema es que tanta religiosidad –del lado cristiano y del musulmán- por parte de León (entre los dos nombres cristianos prefirió que se lo llamara por el segundo), pareció haber potenciado sus dones, y tanto cristianos como musulmanes acudían a su casa en busca de curación o alguna palabra de consuelo.
El Papa Marcello II, siendo una persona de mente abierta que consideraba que eran necesarias profundas reformas en la Iglesia, siempre pensó que aquél musulmán debería tener un lugar en la cristiandad, principalmente para la unión de la gente de distinta religión.  Sin embargo, su inclinación por declarar santo a un converso fue muy mal vista, aunque eso no impidió al Santo Padre iniciar una investigación exhaustiva de los milagros atribuidos a León.
Lamentablemente, el sumo pontífice no pudo concluir su tarea, ya que permaneció en el cargo sólo 22 días hasta su fallecimiento, y aunque este fue atribuido a una enfermedad resultante del agotamiento por el cumplimiento de sus funciones pontificales, hay quienes sospechan que su vida se vio trunca por otros motivos, versión que nunca pudo ser corroborada.
De esta manera, como si su nombre cristiano hubiese marcado su destino, León fue siempre alegre, pero nunca se le hizo justicia.


Adriana N. Funes
Argentina