domingo, 19 de febrero de 2012

Parábola de los hombres y el grano. Extracto del libro "El Drama de la Iluminación Cósmica en el Sutra del Loto Blanco"


Supongamos que hay hambre en algún lugar, algo terrible, como lo que ocurre todavía 
en África. La gente está enflaquecida y demacrada, y hay un gran sufrimiento. En una 
ciudad de este país golpeado por el hambre viven dos hombres, uno viejo y otro joven, y 
ambos tienen cantidades enormes de grano, más que suficiente para alimentar a toda la gente. El viejo pone un cartel en su puerta que dice así: “Se dará comida a todo el que 
venga”.  Pero  bajo  esta  declaración  sigue  una  larga  lista  de  condiciones  y  reglas.  Si 
quieren  comida  han  de  llegar  puntualmente  a  la  hora  exigida.  Deben  traer  consigo 
recipientes de forma y tamaño prescritos. Los recipientes tendrán que ser sostenidos de 
un  modo  particular  y  tienen  que  pedir  la  comida  utilizando  una  serie  de  frases  en 
lenguaje arcaico. Poca gente ve la nota porque el viejo vive en una calle apartada. De 
entre aquellos que la ven, pocos reciben la comida ya que muchos se desaniman por la 
larga lista de reglas. Si la comida sólo se obtiene bajo esas condiciones resulta menos 
problemático morirse de hambre. Cuando se le pregunta al viejo por qué exigen tantas 
reglas responde que “así era en tiempos de su abuelo cuando había hambre". Lo que fue 
bueno para él es ciertamente bastante bueno para mí. ¿Quién  soy yo para cambiar  las 
cosas?”, añadiendo que si la gente realmente quiere comida observara cualquier número 
de  reglas  para  conseguirla.  Si  no  observan  las  reglas  es  por  que  no  están  realmente 
hambrientos. 
 Mientras  tanto  el  hombre  joven  se  echa  un  gran  saco  de  grano  a  la  espalda  y  va  de 
puerta  en  puerta  repartiendo.  En  el  momento  en  que  se  le  acaba  un  saco  va 
apresuradamente a casa a por otro. De este modo él da una gran cantidad de grano por 
toda la ciudad. El se lo da a cualquiera que le pida. Tiene tanto interés en dar alimento 
que no le molesta ir a las casuchas más pobres, oscuras y sucias. A él no le molesta ir a 
sitios a los que la gente respetable no se atreve a ir generalmente. Su única preocupación 
es que no  se muera  la gente de hambre. Hay quien dice que es un entrometido, otros 
opinan  que  se  sobrecarga  con  esa  responsabilidad.  Hay  incluso  quien  dice  que  él 
interfiere en la ley del karma. Otros protestan de que se pierde grano porque hay quien 
toma más  del  que  necesita. Al  joven  nada  de  esto  le  preocupa  y  dice  que mejor  es 
desperdiciar algo de grano que ver a la gente morir de hambre. 

Un día casualmente pasa el joven por delante de la casa del viejo. El viejo está sentado a 
la puerta fumando su pipa tranquilamente, ya que nos es aún hora de dar grano. Al ver 
pasar al joven le dice: Tienes aspecto cansado, ¿Por qué no te lo tomas con más calma? 
El joven jadeando le responde: No puedo, hay todavía muchos por alimentar. El viejo 
mueve  la cabeza con asombro y dice:  ¡Qué vengan ellos a  ti! ¿Por qué has de  ir  tú a 
ellos  apresurándote?  Pero  el  joven  con  impaciencia  por  seguir  le  responde:  Están 
demasiado débiles para  venir, no pueden ni  siquiera  caminar. Morirán  si no voy  yo  a 
ellos. Pues que se aguanten, responde el viejo, deberían haber venido antes cuando aún 
estaban fuertes. Es culpa de ellos no haberse prevenido. ¿Por qué ha de preocuparte a ti 
que ellos se mueran? Pero el joven ya está más allá del alcance de sus palabras, ya va de 
camino a su casa a por otro saco. El viejo se levanta y pone una nota junto a la que ya 
tenía. En la nota dice: Reglas para la lectura de las reglas. 

Sin  duda  ya  habréis  adivinado  el  significado  de  la  parábola. El  viejo  es  el Arahant  y representa al Hinayana, el joven es el Bodhisattva y representa al Mahayana. El hambre 
es la condición humana, la gente de la ciudad representa a todos los seres y el grano es el Dharma, la enseñanza. En principio, ambos, el viejo y el joven, están dispuestos a dar grano  a  todo  el  mundo,  de  igual  modo  el  Hinayana  y  el  Mahayana  son  ambos 
universales  en  principio,  son  para  todo  el mundo.  Pero  en  la  práctica,  vemos  que  el 
Hinayana  impone  ciertas  condiciones.  Para  practicar  el  budismo  en  la  tradición  del 
Hinayana, incluso hoy en día, si uno está planteándoselo seriamente, tiene que dejar el 
hogar y hacerse monje o monja. Uno ha de vivir exactamente como vivían los monjes ylas  monjas  en  la  India  durante  la  época  del  Buda.  Y  nada  puede  cambiarse.  El 
Mahayana no impone tales condiciones. Pone el Dharma a la disposición de la gente, tal 
y como están y donde están, porque está centrado únicamente en lo esencial. Se centra 
en llevar el grano a la gente, y no en cierta manera particular en que esto se puede hacer. 
El Hinayana espera que la gente vaya a él, por así decirlo, mientras que el Mahayana va a la gente.