domingo, 19 de febrero de 2012

El Nombre Perfecto de Miguel Ángel Álvarez García

Cuento de otro de los participantes del concurso.
Disfrutadlo y si os gusta comentarlo.

AR11-420891 no tenía nombre, nunca le había dado ninguna importancia, pero un día de invierno despertó, se levanto de la cama, abrió las cortinas y de pie mirando fijamente a través del cristal, contemplando un frío y gris amanecer, se dio cuenta de que la única idea que tenía en mente, lo único que le preocupaba era poder encontrar un nombre. Algo le estremeció por dentro, fue como una descarga eléctrica, un impacto de bala, un vacío aterrador... Supo desde ese momento que su vida ya no sería igual desde ese preciso instante. Por primera vez echó en falta algo en la vida de verdad, y no sabía por qué, decidió que comenzaría a buscar el nombre adecuado que nunca tuvo.

Antes todo el mundo tenía nombre, pero eso ya era cosa del pasado, un nombre no es necesario para vivir, no hace falta para producir ni para crear nada, se puede cocinar sin nombre, puedes andar, montar en bici o conducir un coche, incluso pescar o cultivar alimentos y no tener nombre, pero sintió un anhelo muy profundo, algo en su interior le pedía, necesitaba, obsesionaba, rezaba por encontrar un nombre, y no un nombre cualquiera, sería “su nombre”. Un nombre debe ser algo perfecto, algo maravilloso, original, un nombre te marcará, con él te conocerán, incluso opinarán sobre ti antes de verte si tienen tu nombre.

Habló con amigos, familiares, vecinos, y a ninguno parecía importarles demasiado su preocupación; - si si, ya sé... antes todo el mundo tenía nombres pero ahora no los necesitamos, vivimos felices y tranquilos sin nombres, cuando naces te asignan un código y cuando realizas  tu trabajo a razón de lo que has trabajado cobrarás lo que debas recibir, con ese mismo código los médicos saben que medicamentos son los que necesitas para tener una buena salud, ya que tu historial va acompañando a ese código por siempre, no vemos la necesidad de tener un nombre, nuestros hijos en sus colegios, también tienen su propio código, cada vez que hacen un examen, solo tienen que ponerlo en la casilla correspondiente, y les van puntuando según hayan asimilado los conceptos necesarios para su edad, desarrollo mental y emocional, cuando hacen deporte, sus entrenadores ponen al lado del código en la ficha correspondiente, la nota que creen que merecen según sus progresos deportivos, se preocupan mucho de la salud de nuestros hijos, y no vemos ninguna necesidad ni utilidad en el hecho de que tengan nombre...-

Abrió su cartera y comprobando que tenía el carnet, con su número de la biblioteca decidió ir a consultar algunos libros antiguos. La conversación que había tenido con sus amigos y familiares no le había servido de mucho, sí, es cierto, estaba de acuerdo en todo, pero no se sentía satisfecho, seguía inquieto, nervioso, algo le faltaba...

Una vez en la biblioteca cogió un montón de libros, todos antiguos, eran libros de esos que habían escrito personas con nombres, grandes nombres, y seguramente la mayoría de los que los han leído también tuvieron su propio nombre. Tenía encima de la gran mesa de la biblioteca libros rojos, verdes, negros, blancos, azules, incluso de varios colores; títulos, títulos y más títulos, y todos ellos seguidos de nombres, nombres y nombres de autores... Todos ellos eran libros importantes escritos por autores muy importantes.

Leyó grandes nombres unidos a grandes historias, hazañas, epopeyas, descubrimientos, revoluciones, religiones...
Empezó a ir a diario a la biblioteca, era invierno, no había mucho que hacer a parte de trabajar, los días eran especialmente grises, fríos y tristes, miraba a los ojos de los viandantes que se cruzaba en el trayecto de ida y vuelta, y también eran grises, los inviernos son duros para el ánimo.

Encontraba y leía nombres maravillosos, le fascinaba leerlos, incluso pronunciarlos en voz baja, era como un rezo para él, comenzó a obsesionarse con nombres de guerreros, poetas, dioses, profetas, sabios, maestros, astronautas, artistas, políticos, músicos, reyes, conquistadores, etc. Ahora su obsesión principal no era encontrar un nombre para él, se sentía satisfecho recitando nombres, nombres y nombres en voz baja, para dentro, era algo muy íntimo y profundo y le llenaba, le absorbía, no podía controlarlo. Se iba a la cama y se dormía susurrando sus nombres favoritos, se despertaba y lo primero que salía de su boca eran nombres, nombres, lo importante era conocer muchos nombres para poder elegir el suyo.  

El Nombre Perfecto...

Y aquí comenzó otra nueva pesadilla, ninguno de sus nombres favoritos, de sus amados nombres, le encajaba bien. Sí, había nombres maravillosos, pero los pronunciaba en voz alta frente al espejo, y no se reconocía en ellos; miraba como todas la mañanas por su ventana, dubitativo, con la única idea en la cabeza de tener nombre, un nombre, su propio nombre, y al recitar todos los días, su tan perfectamente estructurada oración de nombres, comenzó a sentirse vacío, perdido, aburrido, cansado, un nuevo escalofrío le recorrió la columna vertebral hasta estallar en su propio cerebro. He conocido muchos nombres, he leído muchos nombres, he admirado muchos nombres, y ahora, ¿de qué me ha servido...? He perdido mucho tiempo, hice un gran esfuerzo y sacrificio, he aprendido cosas que no necesito para vivir, he admirado personas con nombres que jamás conoceré y he creído que así podría encontrar un nombre para mí, y no lo he conseguido...

El único consuelo que le quedaba de momento era repetir su cadena de nombres, para intentar subir su ánimo cada vez que se sentía mal, era como una droga. Mientras los recitaba le inundaba una calma y una paz muy especial, pero cuando terminaba de pronunciar la última sílaba del último nombre volvía su angustia existencial. Así que después de varios días dándole vueltas se le ocurrió un pequeño plan: ya que era incapaz de encontrar su propio nombre, y solo encontraba paz recitando su oración, decidió crear nuevas oraciones, tres, y mucho mas largas, todas con nombres distintos, de distintas épocas, de distintas culturas, así conseguiría disfrutar de más nombres, no tendría que repetir todos los días los mismos, iría alternando sus oraciones, tal vez así conseguiría identificarse con uno...

Iban pasando los días y como no surtía efecto su pequeño plan decidió crear más oraciones, siete, una para cada día, así cada día tendría su propio ritual, su propia ceremonia, el festival particular de nombres cíclicamente repetidos, y el siete para él  se convirtió en una espiral, una espiral de nombres cíclicos enorme, monstruosa, y sucedió algo que jamás creyó que podría ocurrirle, los nombres eran horribles, los odiaba, le producían náuseas, no sabía como podía haber llegado a amar esa marabunta amorfa de nombres, perdieron su significado, ya solo eran sonidos para él, sonidos terribles, horripilantes, terroríficos, abstractos y absurdos...

Comprendió y volvió a compartir las ideas de sus amigos y vecinos, ¿para qué necesito un nombre? Puedo vivir perfectamente sin él. ¿Acaso no respiro sin tener nombre? Como, ando, corro, duermo, sueño, trabajo, y no tengo nombre... ¿para qué quiero tener un nombre? Así todo esta bien.

Sus labios comenzaban involuntariamente a recitar su oración cada mañana, hasta que era consciente de ello y paraba de golpe, mientras seguía mirando su reflejo en la ventana durante unos instantes con cierto anhelo, como el que acaba de perder un gran amor…

Perdido, solo, desdichado, vacío, todo era gris para él, su trabajo, sus amigos, sus vecinos, su familia, el cielo, la lluvia, la ciudad, los sueños… pero siguió adelante, hizo su vida lo más normal que pudo. Cada mañana seguía estrangulándole el anhelo, pero lo fue superando y sobrellevando poco a poco, y así pasaron los días, las semanas, los meses incluso algunos años…

Como era parte ya de su ritual matutino involuntario, frente a su reflejo en la ventana, mientras observaba un mundo gris, de sus labios empezaron a fluir palabras, desde su interior una vez más surgía su oración. Pero algo extraño sucedió, no recitaba ninguna de las siete oraciones que solía recitar, ni era tampoco ninguna de las tres, ni era tan siquiera la letanía primera, era una mezcla de sílabas y letras de varios nombres, sus nombres favoritos y los que más le llenaron, y al repetirlo en voz alta, lo comprendió todo. En su búsqueda inicial anhelaba su propio nombre, aunque sin darse cuenta se fue desviando de su objetivo, se conformaba con repetir nombres y se sintió muy perdido. Con el paso del tiempo sin ser consciente se fue gestando en lo más profundo de su interior un nombre, su propio nombre, algo inherente a él y único; y cuando hubo madurado lo suficiente salió a la luz.

Miro a través del cristal y el cielo seguía siendo gris, la gente era gris, la ciudad era gris, pero él había cambiado, miró sus manos y tenían colores muy vivos, su reflejo desprendía un destello casi cegador, y le envolvió una sensación de paz interior, el anhelo desapareció…

Ése era su nombre…

Ya no le preocupaba que el mundo entero fuera gris, incluso el universo entero podría ser gris, consiguió mirar su interior y ver la luz que había encontrado; veía escalas infinitas de grises y matices en todo lo que le rodeaba, y al acercarse a cualquier cosa, objeto, animal o persona, con su brillante resplandor descubría los vivos colores que hay ocultos bajo el manto de la existencia.





Miguel Ángel Álvarez García